miércoles, 23 de diciembre de 2009

Toma diez: Amor infiel

No solía salir por la Capital Federal y, para ser francos, el hecho de ser menor de edad tampoco colaboraba. Pero el hermano de un amigo había conseguido un documento falso (bastante bien logrado), el cual me prestó y, junto al hermano y mi amigo, partimos rumbo a Capital.

Ahí me di cuenta que si querés salir a ganar minitas de una noche, lo mejor que podés hacer es tener un auto. Gana, y si sos fachero ganás mucho más. No es mi caso, por ninguna de las dos cosas anteriormente nombradas: No tengo auto, soy víctima de los medios de transporte urbanos y no soy un pibe, lo que se dice, fachero. Me considero interesante y sé que a las mujeres les entro por el lado de la torpeza y la simpatía (Por lo menos eso me pasó con S.)

El tema acá era que, en menos de quince minutos de conversación con una ventanilla de por medio, Guillermo (El hermano de mi amigo) había logrado subir a cinco hermosas mujeres al auto. Íbamos medianamente cómodos, pero algunas muchachas tuvieron que venir arriba mío y de Lucas (Amigo en cuestión). Si tengo que decir la verdad, la muchacha a la cual le había tocado viajar sobre mis piernas era linda, muy linda. Rubia, pelo largo hasta el ombligo, un flequillo perfectamente recto que dejaba entrever unos profundos, y muy llamativos, ojos verdes. De lo que pude retener de la conversación (Entre el bullicio y la cumbia que Guillermo ponía a todo volúmen), las chicas eran de Parque Chacabuco, las habían invitado a una fiesta en el oeste, pero cuando pasamos nosotros, cambiaron de parecer.

Llegamos a un renombrado boliche de la Capital. Pensé que ahí la cosa terminaba. Pensé que las chicas iban a desaparecer y ponerse a bailar entre sí, alcoholizándose hasta la médula. Pero no. Los pronósticos me volvieron a fallar. Nos separaron en dos filas (Para entrar hombres y mujeres por lados distintos), pero las muchachas nos esperaron adentro.

Nunca fui muy amante de los lugares demasiado concurridos, con música alta, con gente borracha, transpiración ajena y esas cosas que suelen encontrarse en un boliche top del gran GBA. La cuestión es que me senté en el primer sillón que encontré, y la muchacha rubia se me sentó al lado. Hablamos cuestión de dos horas, habíamos perdido a nuestros amigos y habíamos, también, descubierto que teníamos más cosas en común de las que creíamos. En todo este tiempo, tanto ella como yo para soportar lo desagradable del lugar en el que nos encontrábamos, optamos por la ingesta de alcohol. Guillermo era el proveedor principal: Compraba y traía, compraba y traía. Aparentemente su billetera no tenía fondo.

Teníamos una cantidad muy notable de alcohol en sangre, tanto la muchacha rubia como yo, pero ya se asomaban los primeros rayos del sol asique había llegado la hora de levantar campamento. La muchacha rubia, que para ese entonces ya se llamaba Lucía, me pidió mi celular para arreglar algún otro encuentro para la posteridad. Accedí, le dí mi número y agendé el de ella. Cuando Lucas me viene a avisar que Guillermo estaba en la puerta esperándonos, Lucía me sorprendió dándome un beso. No un beso cualquiera, sino esos besos que solamente aparecen en las novelas.

El alcohol en sangre, las pocas ganas de estar en ese lugar y el deslumbramiento consecuencia de Lucia me habían echo olvidar de una cosa: Ese día era el cumpleaños de la mejor amiga de S. ¿Y adivinen qué? Había decidido festejarlo justo en ese boliche.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Toma ocho: Te ví.

Decidimos separarnos. Los dos bien sabíamos que no podíamos seguir en ese vaivén de idas y vueltas. La amo, pero no sabía de qué manera enmendar lo que alguna vez pasamos. Me ama, pero hay algo que le impide estar conmigo. Y así no podíamos seguir. Todo esto se transformaba, a cada paso, en algo más enfermo, más enredado, más rebuscado. Y, a fin de cuentas, ninguno de los dos salía ganando.

Fue ella quién decidió cortar por lo sano. O insano. A esa altura del partido, creo que nada de lo que pasara entre nosotros podía catalogarse como 'sano', pero así lo quisimos y así fue.

Pasé días enteros siendo consumido por el café y los cigarrillos. A la hora de tocar la guitarra, como manera de despejarme, no me salía otra cosa que componerle cosas a ella. Prendía la pc y siempre buscaba su posición entre mis contactos del MSN para ver qué tenía de nick, de subnick, si estaba 'conectada', si estaba en 'no disponible', solía revisar todos los medios cibernéticos posibles (Entiéndase: Facebook, Fotolog, Blog, etc.). Hasta que un día, un subnick de su msn dejó entreveer que estaba bien. No sólo bien, sino bien con alguien más.

Y ahí fue cuando yo decidí cortar lo que me unía a ella. Ahí fue cuando, lo primero que me salió, fue un 'Qué pendeja puta'. Sí, estaba caliente. No le dije nada, me lo callé para mí, pero que lo sentí, lo sentí.

Ella bien sabía que yo cursaba a la mañana, de hecho, sabía los horarios en los que generalmente me tomaba el tren rumbo a la facultad.

Una mañana, después de ese importante lapso de separación, estaba esperando el rápido a Once, leyendo unos apuntes que el sueño durante la noche anterior no me había dejado terminar, y alguien me pasó por encima como si fuese una topadora.

Acto seguido, hago mi típico comentario de cuando algo me molesta: 'Podrías fijarte un poquito mejor por dónde caminás, ¿no te parece?'. A lo que escucho un 'Disculpame, hace tanto tiempo que no te veo, que nisiquiera ahora te ví'.

Efectivamente era S. Con su personalidad tan arrolladora y esos comentarios que son tan certeros y tan dolorosos.

No pude contenerme, a los dos minutos del choque, le mandé automáticamente un mensaje diciéndole: El verde es el color que mejor te queda.
Como era de esperarse, la respuesta a ese mensaje nunca llegó.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Toma siete: Ps. Still not over.

Habíamos pasado días sin hablarnos. No sé si ella está con otro, si está confundida, si me odia con cada parte que conforma a su ser, o qué es lo que le pasa. Igual, si es cuestión de hablar con una mano en el corazón, la primera opción es la que más me desespera, pero la que más improbable veo.

Estaba plácidamente preparando un parcial, cuando hecho una mirada rápida al monitor de mi pc y puedo ver que una ventanita titilaba. Era S. Si bien me había hablado de cualquier cosa, para después aclarar que se había confundido de ventana, pude bien darme cuenta después de tanto tiempo juntos, que era una de sus tácticas para hablarme sin tener excusa alguna.

Intenté seguirle el juego: Le saqué el tema del colegio, el tema de su banda, si estaba o no con alguien. A todo eso solamente recibía respuestas monosilábicas, lo cual me desespera demasiado viniendo de ella, y sobretodo sabiendo que es una de las personas más verborrágicas del mundo.

Una vez más le saqué el tema de 'nosotros', de nuestra relación. De la manera en la que se estaban dando las cosas, que la extrañaba, que ya no encontraba forma de poder llegar a ella sin terminar en una discusión o una pelea. Seguía contestándome monosilábicamente. Yo seguía insistiendo con el tema. Seguía con los monosílabos.

Me prendí un cigarrillo, apagué la pc y me fui a la terraza. A la media hora tenía un mensaje en mi celular:

"Sos tanto para mí."

jueves, 10 de diciembre de 2009

Toma seis: Vamos a fumar un porro ahí

Después de ese recital, para festejar semejante suceso, nos juntamos en la casa de Andrés. Mis ánimos no eran los mejores, pero es difícil resistirse a semejante invitación. La misma contenía una casa sola (Dado que los padres de Andrés se ausentaban como consecuencia de un viaje), dos heladeras llenísimas de alcohol, alguna que otra sustancia alucinógena y la probabilidad (Nula, pero existía) de cruzarla.

Digo nula porque después de haberse ido del Teatro de esa manera, era casi imposible que apareciera. Pero por parte existía esa posibilidad dado que Tomás andaba arrastrándole el ala a una de sus amigas.
Sea por lo que sea, esa probabilidad existía y mi necesidad de verla aumentaba cada minuto un poco más. Además, no perdía nada: Si estaba, tenía que armarme de valor e ir a encararla para hablar de lo sucedido unas horas atrás. Y de modo contrario, no tenía más que tomarme alguna que otra cerveza, hacer acto de presencia y emprender la retirada hacia mi tan necesitada cama después de semejante cúmulo de emociones.

Una hora después finalizado el recital, llegamos a lo de Andrés. Acomodamos nuestros instrumentos mientras seguíamos en la nube de puro rock y aplausos y ahí empezó la joda: Llegaron las amigas de Andrés, mis amigas, las amigas de Tomás. Nuestros amigos con sus respectivas novias y gente que, es el día de hoy, que no sé de dónde salió.

Empezaron a correr las primeras rondas de cervezas. El volumen de la música aumentaba conforme a la cantidad de alcohol que cada uno de los partícipes tenía en sangre. Mi humor disminuía y ella que no llegaba.

Cuando estaba a punto de agarrar mi guitarra y partir rumbo a la parada el 269, puedo ver a Tomás coqueteando con la amiga de, vamos a llamarla de alguna manera -porque la verdad que a esta altura ya estoy cansado de referirme a su persona como 'ella-, S. Mi pensamiento deductivo me llevó a pensar que S. debería estar en algún lugar de la casa, por más recóndito que fuera.

Lo primero que hice, fue buscar a Gastón, un amigo de Andrés, el cual nunca me cayó bien porque tuve (tengo y tendré) la leve sospecha de que, entre Gastón y S., siempre hubo algo. Pero eso es otro cantar.

No, no estaba.

La seguí buscando hasta que fui, por último, al patio. Cuando la veo, la encuentro fumando marihuana sola, sentada en el borde de la pileta. Supuse que el horno no estaba para bollos, y estaba a punto de retirarme, cuando ella se dió vuelta y me vió. Me sonrió, asique entendí que no estaba nada perdido (todavía).

Me acerqué y me convidó. Fumamos unas largas horas. Tengo que admitir que me encanta cómo se le achinan los ojos cada vez que fuma y cómo se le arman esos huequitos cada vez que sonríe bajo los efectos de la marihuana. Y ahí fue cuando me animé a preguntarle qué le pasaba. Por supuesto me contestó que no le pasaba nada, sólo que la canción le había traído muchos recuerdos y fue 'un golpe bajo'. Sí, así lo catalogó ella, como un 'golpe bajo'.

Le expliqué que no fue un golpe bajo, que no fue una táctica, que simplemente era uno de los temas que yo más disfrutaba tocar y sentí que en un momento tan importante de mi vida, como lo fue esa tarde-noche en El Teatro, tenía que tocarlo. Más sabiendo la probabilidad de que ella estuviese ahí.

Se le empezaron a cerrar los ojos, pero sin embargo un par de lágrimas calleron sobre la pileta. Me contó que me extrañaba, que no le gustaba estar así conmigo, pero que sentía que había algo (o alguien) más que no nos permitía estar del todo bien juntos. Le dije que me pasaba lo mismo, que la amaba como nunca había amado a nadie y que estaba dispuesto a superar cualquier contrariedad que se nos interpusiera.

Me abrazó y nos dormimos al borde de la pileta, hasta que los inoportunos rayos del sol comezaron a golpear sobre nuestros párpados y descubrimos que era hora de despertarnos y volver cada uno al lugar al que pertenecía.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Toma cinco: Yo no quiero volverme tan loco.

Hacía mucho tiempo que no venía por acá. Que no contaba con el tiempo necesario para seguir poniendo en palabras todo lo que me pasó, me pasa y me seguirá pasando.
Éste lapso de tiempo no fue más que un sin-fin de cosas que parecen nunca terminar, pero por lo menos a esta altura del año, las aguas ya se encuentran un poco más calmas.
Prometo volver al ruedo con esta historia. Mi historia.

miércoles, 15 de julio de 2009

Toma cuatro: Un tropezón no es caída.

Volvía cansadísimo de la facultad y la jornada de trabajo había sido más extensa y cansadora de lo común. Tenía la cabeza en cualquier otro lado menos en donde debía estar, y en uno de mis peores momentos de torpeza, mientras cruzaba las vías para rumbo a casa, me comí uno de los rieles y todos los papeles, cuadernos y libros que llevaba en las manos, se vio desparramada en el medio de la estación en menos de una milésima de segundo.

Pero antes de terminar de ponerme colorado, escuché:
- Te ayudo?
- Gracias (pidiendo por favor que me trague la tierra ahora mismo)
- De nada.
- Disculpame, estoy buscando tal calle, vos sos de acá? (Ésta entra en el top five de mis mentiras)
- Sí, mirá tenés que cruzar la vía, hacés dos derecho, doblás a la izquierda y serán tres cuadras más.
- Ah, bueno, gracias.
- No te veo muy convencido, no preferís que te acompañe?
- No, dejá, estoy bastante apurado (No vaya a ser cosa que se dé cuenta que vivo acá hace aproximadamente dieciséis años) pero si querés pasame tu celular y te mando un mensaje avisándote si llegué bien.
- Jaja, sólo porque me caíste simpático.


Nunca le agradecí tanto a mi torpeza.

viernes, 10 de julio de 2009

Toma tres: La mujer que destrozaba las noches

Siempre fui un tipo desligado. Nunca me gustó que me aten ni atar a nadie, hasta que la conocí. Era unos años menor que yo pero tenía (y sigue teniendo) todo lo que busqué en las mujeres con las cuales me involucré a lo largo de mis diecinueve años.

Una noche de verano, mientras las idas y vueltas reinaban en nuestra relación, vía msn supe que iba a pasar aunque sea un rato de su noche en un bar que estaba a media cuadra del cual yo suelo frecuentar. No pude evitar hacerle evidente que yo también iba a estar cerca y que quería verla. No me contestó, pero la conozco lo suficiente como para saber que su ausencia de respuesta no significó más que un 'Sí, avisame cuando pueda verte'.

Era el cumpleaños de Lucas, otro de mis compinches desde hace años, por lo cual tenía la excusa perfecta para cruzármela 'casualmente'. Como de costumbre, nos juntamos en lo de Lucas con unas rondas de poker de por medio y unas cuantas cervezas que nos esperaban anciosas de ser tomadas dentro del frigobar del delincuente anteriormente nombrado.La noche pasaba y no podía sacar a los timberos de la casa de Lucas y los mensajes de ella no me paraban de llegar. Ya no sabía de qué manera contestarle para hacer que me espere, hasta que se decidieron a ir rumbo al antro al cual solemos ir, religiosamente, cada sábado.

Apenas llegamos, ocupamos una de las mesas más grandes del lugar dado que éramos una multitud, cuando lo único que quería era irme de ahí a verla lo más rápido posible. Soy un tipo de tanta suerte, que apenas llego el patovica nos prohibe la salida por cuestiones de seguridad.

Dadas las nefastas condiciones en las que me encontraba, le mandé un mensaje a ella pidiéndole si podía acercarse al bar en el que yo estaba, recordemos que estaba a menos de una cuadra del de ella, con el fin de verla aunque sea cinco minutos, a lo que ella accedió. Las medidas de seguridad me importaron muy poco, le pedí al maldito patovica si podía hacerme el favor de dejarme salir dos minutos para ver a mi novia. Sí, le mentí, no era mi novia, pero el subconciente me jugó la peor (o mejor) de las pasadas.

Cuando la ví venir desde la esquina, se me calló literalmente toda la estantería. Hacía mucho que no la veía, si no era de cruzada por alguna de las calles que solemos caminar ambos, y estaba más linda que nunca. Las vacaciones le habían sentado demasiado bien. Hablamos apenas unos minutos, los que me permitía el patovica mientras me hacía caras desde la puerta. Simplemente quería saber cómo estaba ya que nuestras conversaciones vía msn terminaban casi siempre, por no decir siempre, mal. En discuciones, en insultos, en malos tratos.

Hasta que en un momento no pude aguantar más y le dí el beso que hacía tanto tiempo guardaba para ella. Me aguantaba por una sóla razón: Ya habíamos intentado estar juntos y no nos había ido nada bien. No por ella, sino por mí. Nunca tuve el valor suficiente para poder afrontar semejante mujer con semejante carácter, pero era la mujer que yo quería y poco me importaba tener que jugarme tanto por un simple beso. Sé que a ella también le significó demasiado, lo sé porque la conozco, o quizás quiera pensar que lo sé porque me hubiese gustado que sea así, eso nunca lo sabré. Nos reímos un rato de la gente que pasaba, le robé un par de sonrisas, las cuales aún recuerdo patente, y nos despedimos. La abracé como hacía tiempo no abrazaba a nadie, pero necesitaba hacerlo.

Cuando estaba por doblar rumbo al bar en el cual estaba, le grité 'No te enamores'. Y hoy me doy cuenta que fui un estúpido, tendría que haberle gritado 'Enamorate tanto de mí como yo lo estoy de vos'. Pero otra vez, no me animé.