jueves, 10 de diciembre de 2009

Toma seis: Vamos a fumar un porro ahí

Después de ese recital, para festejar semejante suceso, nos juntamos en la casa de Andrés. Mis ánimos no eran los mejores, pero es difícil resistirse a semejante invitación. La misma contenía una casa sola (Dado que los padres de Andrés se ausentaban como consecuencia de un viaje), dos heladeras llenísimas de alcohol, alguna que otra sustancia alucinógena y la probabilidad (Nula, pero existía) de cruzarla.

Digo nula porque después de haberse ido del Teatro de esa manera, era casi imposible que apareciera. Pero por parte existía esa posibilidad dado que Tomás andaba arrastrándole el ala a una de sus amigas.
Sea por lo que sea, esa probabilidad existía y mi necesidad de verla aumentaba cada minuto un poco más. Además, no perdía nada: Si estaba, tenía que armarme de valor e ir a encararla para hablar de lo sucedido unas horas atrás. Y de modo contrario, no tenía más que tomarme alguna que otra cerveza, hacer acto de presencia y emprender la retirada hacia mi tan necesitada cama después de semejante cúmulo de emociones.

Una hora después finalizado el recital, llegamos a lo de Andrés. Acomodamos nuestros instrumentos mientras seguíamos en la nube de puro rock y aplausos y ahí empezó la joda: Llegaron las amigas de Andrés, mis amigas, las amigas de Tomás. Nuestros amigos con sus respectivas novias y gente que, es el día de hoy, que no sé de dónde salió.

Empezaron a correr las primeras rondas de cervezas. El volumen de la música aumentaba conforme a la cantidad de alcohol que cada uno de los partícipes tenía en sangre. Mi humor disminuía y ella que no llegaba.

Cuando estaba a punto de agarrar mi guitarra y partir rumbo a la parada el 269, puedo ver a Tomás coqueteando con la amiga de, vamos a llamarla de alguna manera -porque la verdad que a esta altura ya estoy cansado de referirme a su persona como 'ella-, S. Mi pensamiento deductivo me llevó a pensar que S. debería estar en algún lugar de la casa, por más recóndito que fuera.

Lo primero que hice, fue buscar a Gastón, un amigo de Andrés, el cual nunca me cayó bien porque tuve (tengo y tendré) la leve sospecha de que, entre Gastón y S., siempre hubo algo. Pero eso es otro cantar.

No, no estaba.

La seguí buscando hasta que fui, por último, al patio. Cuando la veo, la encuentro fumando marihuana sola, sentada en el borde de la pileta. Supuse que el horno no estaba para bollos, y estaba a punto de retirarme, cuando ella se dió vuelta y me vió. Me sonrió, asique entendí que no estaba nada perdido (todavía).

Me acerqué y me convidó. Fumamos unas largas horas. Tengo que admitir que me encanta cómo se le achinan los ojos cada vez que fuma y cómo se le arman esos huequitos cada vez que sonríe bajo los efectos de la marihuana. Y ahí fue cuando me animé a preguntarle qué le pasaba. Por supuesto me contestó que no le pasaba nada, sólo que la canción le había traído muchos recuerdos y fue 'un golpe bajo'. Sí, así lo catalogó ella, como un 'golpe bajo'.

Le expliqué que no fue un golpe bajo, que no fue una táctica, que simplemente era uno de los temas que yo más disfrutaba tocar y sentí que en un momento tan importante de mi vida, como lo fue esa tarde-noche en El Teatro, tenía que tocarlo. Más sabiendo la probabilidad de que ella estuviese ahí.

Se le empezaron a cerrar los ojos, pero sin embargo un par de lágrimas calleron sobre la pileta. Me contó que me extrañaba, que no le gustaba estar así conmigo, pero que sentía que había algo (o alguien) más que no nos permitía estar del todo bien juntos. Le dije que me pasaba lo mismo, que la amaba como nunca había amado a nadie y que estaba dispuesto a superar cualquier contrariedad que se nos interpusiera.

Me abrazó y nos dormimos al borde de la pileta, hasta que los inoportunos rayos del sol comezaron a golpear sobre nuestros párpados y descubrimos que era hora de despertarnos y volver cada uno al lugar al que pertenecía.

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