No solía salir por la Capital Federal y, para ser francos, el hecho de ser menor de edad tampoco colaboraba. Pero el hermano de un amigo había conseguido un documento falso (bastante bien logrado), el cual me prestó y, junto al hermano y mi amigo, partimos rumbo a Capital.
Ahí me di cuenta que si querés salir a ganar minitas de una noche, lo mejor que podés hacer es tener un auto. Gana, y si sos fachero ganás mucho más. No es mi caso, por ninguna de las dos cosas anteriormente nombradas: No tengo auto, soy víctima de los medios de transporte urbanos y no soy un pibe, lo que se dice, fachero. Me considero interesante y sé que a las mujeres les entro por el lado de la torpeza y la simpatía (Por lo menos eso me pasó con S.)
El tema acá era que, en menos de quince minutos de conversación con una ventanilla de por medio, Guillermo (El hermano de mi amigo) había logrado subir a cinco hermosas mujeres al auto. Íbamos medianamente cómodos, pero algunas muchachas tuvieron que venir arriba mío y de Lucas (Amigo en cuestión). Si tengo que decir la verdad, la muchacha a la cual le había tocado viajar sobre mis piernas era linda, muy linda. Rubia, pelo largo hasta el ombligo, un flequillo perfectamente recto que dejaba entrever unos profundos, y muy llamativos, ojos verdes. De lo que pude retener de la conversación (Entre el bullicio y la cumbia que Guillermo ponía a todo volúmen), las chicas eran de Parque Chacabuco, las habían invitado a una fiesta en el oeste, pero cuando pasamos nosotros, cambiaron de parecer.
Llegamos a un renombrado boliche de la Capital. Pensé que ahí la cosa terminaba. Pensé que las chicas iban a desaparecer y ponerse a bailar entre sí, alcoholizándose hasta la médula. Pero no. Los pronósticos me volvieron a fallar. Nos separaron en dos filas (Para entrar hombres y mujeres por lados distintos), pero las muchachas nos esperaron adentro.
Nunca fui muy amante de los lugares demasiado concurridos, con música alta, con gente borracha, transpiración ajena y esas cosas que suelen encontrarse en un boliche top del gran GBA. La cuestión es que me senté en el primer sillón que encontré, y la muchacha rubia se me sentó al lado. Hablamos cuestión de dos horas, habíamos perdido a nuestros amigos y habíamos, también, descubierto que teníamos más cosas en común de las que creíamos. En todo este tiempo, tanto ella como yo para soportar lo desagradable del lugar en el que nos encontrábamos, optamos por la ingesta de alcohol. Guillermo era el proveedor principal: Compraba y traía, compraba y traía. Aparentemente su billetera no tenía fondo.
Teníamos una cantidad muy notable de alcohol en sangre, tanto la muchacha rubia como yo, pero ya se asomaban los primeros rayos del sol asique había llegado la hora de levantar campamento. La muchacha rubia, que para ese entonces ya se llamaba Lucía, me pidió mi celular para arreglar algún otro encuentro para la posteridad. Accedí, le dí mi número y agendé el de ella. Cuando Lucas me viene a avisar que Guillermo estaba en la puerta esperándonos, Lucía me sorprendió dándome un beso. No un beso cualquiera, sino esos besos que solamente aparecen en las novelas.
El alcohol en sangre, las pocas ganas de estar en ese lugar y el deslumbramiento consecuencia de Lucia me habían echo olvidar de una cosa: Ese día era el cumpleaños de la mejor amiga de S. ¿Y adivinen qué? Había decidido festejarlo justo en ese boliche.
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