miércoles, 15 de julio de 2009

Toma cuatro: Un tropezón no es caída.

Volvía cansadísimo de la facultad y la jornada de trabajo había sido más extensa y cansadora de lo común. Tenía la cabeza en cualquier otro lado menos en donde debía estar, y en uno de mis peores momentos de torpeza, mientras cruzaba las vías para rumbo a casa, me comí uno de los rieles y todos los papeles, cuadernos y libros que llevaba en las manos, se vio desparramada en el medio de la estación en menos de una milésima de segundo.

Pero antes de terminar de ponerme colorado, escuché:
- Te ayudo?
- Gracias (pidiendo por favor que me trague la tierra ahora mismo)
- De nada.
- Disculpame, estoy buscando tal calle, vos sos de acá? (Ésta entra en el top five de mis mentiras)
- Sí, mirá tenés que cruzar la vía, hacés dos derecho, doblás a la izquierda y serán tres cuadras más.
- Ah, bueno, gracias.
- No te veo muy convencido, no preferís que te acompañe?
- No, dejá, estoy bastante apurado (No vaya a ser cosa que se dé cuenta que vivo acá hace aproximadamente dieciséis años) pero si querés pasame tu celular y te mando un mensaje avisándote si llegué bien.
- Jaja, sólo porque me caíste simpático.


Nunca le agradecí tanto a mi torpeza.

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